La tarde estaba ganando una batalla que creía perdida. El sol estaba tan radiante, tan imponente, tan amarillo. Como hacerlo naranja sin llegar al ocaso? Como eliminarlo en el horizonte sin extrañarlo?
Finalmente el día, cansado de batallar cedió ante tamaño espectáculo, la puesta fue despampanante, una lluvia de intensos colores se desplegó por sobre el mar. Ese mar tibio y cristalino que se escurría entre los dedos, que comenzaba justo donde terminaba la arena visble. La blanca alfombra luminosa y suave. Ese cálido manto movedizo en el cual se entrelazaban nuestros pies y parecían flotar.
Allí cualquier hombre perdería la cabeza. Allí cualquier mujer se dejaría amar.
Sedientos los dos tras la ardua recorrida. Nos dejamos vencer mirando fijo al horizonte, donde no se distinguía el principio del final. Donde nuestros cuerpos amarrados tampoco tenían límites definidos. Bebí la sal de tu cuerpo, lo hice con ansias y suavemente. Sentí las pequeñas perlas entrar por mi boca. Se fueron desparramando por todo mi cuerpo, tejiendo una red de vueltas infinitas, un placer inigualable. Enloquecieron mis sentidos, sentía penetrar en mí el dulce nectar de la sal que tu piel emanaba en cada sudor.
Nunca la sal fue tan salada, y nunca tan dulce beberla de tí.